Iván
Rodrigo García Palacios
Sentir
y conciencia
Determinar
el origen del universo y de todo lo que en él es y existe supone
enfrentarse a un doble salto al vacío. Por una parte, un salto al
vacío metafísico de la previa existencia de un creador y, por la
otra, un salto al vacío físico que plantea Stephen W. Hawking: nada
existía y algo comenzó a existir. Lo cierto es que el universo
existe y que en él yo existo, siento y tengo conciencia. Es sobre
ese existir, sentir y el tener conciencia lo que ahora me interesa
explorar.
Ya
las neurociencias están cerca de mostrar qué son, porqué y cómo
funcionan y para qué sirven, las sensaciones y la conciencia en los
seres vivos, así que, mientras eso sucede, cualquier exploración
que se realice sobre ellas, será necesario referirla, por una parte,
a aquello que ya está establecido y, por la otra, a los supuestos
que de ello puedan deducirse. En consecuencia, el único punto de
partida cierto desde el que se puede iniciar una exploración sobre
las sensaciones y la conciencia, es el hecho de que los seres vivos
están compuestos de materia y energía organizadas y que, por tanto,
su Ser y Estar en el mundo, son el resultado de las propiedades de
esa materia y energía.
Si
se parte del hecho cierto de que es propiedad de la materia el
reaccionar: atraer, rechazar y trasformarse y que en ese reaccionar
se originan todas las propiedades y cualidades de la materia del
universo, se puede decir que es en la reactividad en donde se origina
la cualidad primordial del sentir como propiedad de la materia viva,
entonces, se puede decir que la conciencia es sentir que se siente.
Saltando
por sobre todas las manifestaciones de la materia en el universo y
partiendo de la manifestación de esa materia como la materia viva
que es el Homo-Humano, se puede decir que éste es una manifestación
en la cual la materia se siente a sí misma, sabe que se siente y que
con ese saber inventa un sentido y un nombre para ese sentir. Esa
sensación es la conciencia y la acción de nominar es el consciente.
El sentido de ese sentir, es ya un invento más complejo.
Permaneciendo
en ese nominalismo, los nombres para las reacciones de la materia
viva en el Homo-Humano, son placer y dolor y las trasformaciones son
las acciones que esa materia ejecuta para mantenerse, permanecer, el
“conatus” de Spinoza.
Las
reacciones, la reactividad, se organizan por códigos
físico-químicos1
de atracción - rechazo. Las sensaciones2
parten de esos códigos para organizarse en códigos sensoriales
(qualia)3
en los que las células se especializan (por estos códigos, al igual
que se hace con los lenguajes, se conservaría la memoria).
El
cerebro, como tal, y el organismo, en general, se organizan y
funcionan de acuerdo con esos códigos. Para empezar, la primera
organización es y está determinada por el código genético, a
partir del cual se desarrollan todos los demás códigos.
Todas
y cada una de las células, individual o colectivamente, tienen,
hacen parte y construyen esos códigos y se especializan en ellos.
Las hay que son especializadas desde su generación, las hay que se
irán especializando una vez son activadas por estímulos y las hay
pueden cambiar de especialización. Esto se sucede por el proceso de
“imprintig” y por la epigenética.
Lo
anterior explica por qué el cerebro es un gran mecanismo de
codificación y decodificación y todo lo que percibe y siente, lo
organiza para que funcione organizado; organización que puede ser
más o menos permanente, es decir, construye, mantiene, trasforma o
desarrolla nuevos códigos que permanecen y evolucionan.
A
partir de allí se forma la mente, que es la personalización del
cerebro, porque la plasticidad del cerebro permite que la mente se
personalice4,
es decir, cada individuo será único, así comparta rasgos
biológicos y psicológicos con los demás miembros de su especie.
Serán
esos códigos los que se traducirán como imágenes y lenguajes cada
vez más complejos, en la medida en la que el cerebro y el organismo
se hace más complejos y con tales códigos desarrolla y construye
las extensiones de sí mismo, en el espacio y el tiempo, con su
propia materia y con la materia en la que habita: su Ser y Estar en
el mundo (Ver: Marshall McLuhan).
La
primera de esas extensiones es, sin lugar a dudas, la conciencia, es
decir, la propiedad de sentir que se siente5.
De
ahí en adelante, las extensiones que ha desarrollado y construido el
Homo-Humano son incontables, en una historia que es la historia de su
cuerpo:
Con
los sentidos crea la realidad, eso que se llama Ser y Mundo, e
inventa códigos para organizarlo y nombrarlo: Yo, el otro, sujetos,
objetos, colores, formas, imágenes, calor, frío, sabores, sonidos,
olores, espacio, tiempo, imaginación, pensamiento, lenguajes (señas,
señales, signos, símbolos, códigos, números, palabras, etc.),
ciencias, filosofías, artes, artefactos -concretos y abstractos,
máquinas y culturas-, en fin, todas las herramientas, habidas y por
haber, con las que el Homo-Humano siente y explica que él Es y
Existe.
Notas
1
Sobre los códigos físico-químicos, ver: Susan Greenfield,
¡Piensa! ¿Qué significa ser humano en un mundo en cambio?
Ediciones B, Barcelona, 2009, p. 36:
“[...] la acción física
de un neurotransmisor (…), su función real es más bien la propia
de un lenguaje: un medio indirecto de comunicación. Los
transmisores, como los lenguajes, son de muchos tipos distintos, y
como los lenguajes encajan en una taxonomía, aunque en el caso de
los transmisores ésta se basa en la identidad química, de un gas
diminuto como el óxido nítrico a un gran fragmento de proteína,
un péptido como el opiáceo natural de la encefalina. Pero lo más
importante de todas estas artimañas bioquímicas es que la neurona
es mucho más que una estación de transmisión pasiva”.
2
Sobre las sensaciones, ver Antonio Damasio, Y el cerebro creó al
hombre, Destino, Barcelona, 2010.
3
Sobre los qualia,
ver: Rodolfo Llinás, “I of the Vortex: From Neurons to Self”,
Bradford Books, MIT Press, MA, 2001.
4
“La mente es la personalización del cerebro a través de una
conectividad neuronal única, impulsada a su vez por experiencias
únicas; si es así, estarán de acuerdo en que si tenemos acceso
directo al cerebro, y cambiamos su configuración física,
trasformaremos inevitablemente la mente”. (Susan Greenfield,
¡Piensa! ¿Qué significa ser humano en un mundo en cambio?
Ediciones B, Barcelona, 2009, p. 97).
5
Ver: Ramón Román Alcalá, El enigma de la
Academia de Platón. Escépticos contra dogmáticos en la Grecia
Clásica, Berenice, Córdoba, 2007, nota: p. 61
No hay comentarios:
Publicar un comentario