martes, 28 de agosto de 2012

Sentir y conciencia

Iván Rodrigo García Palacios
Sentir y conciencia


Determinar el origen del universo y de todo lo que en él es y existe supone enfrentarse a un doble salto al vacío. Por una parte, un salto al vacío metafísico de la previa existencia de un creador y, por la otra, un salto al vacío físico que plantea Stephen W. Hawking: nada existía y algo comenzó a existir. Lo cierto es que el universo existe y que en él yo existo, siento y tengo conciencia. Es sobre ese existir, sentir y el tener conciencia lo que ahora me interesa explorar.
Ya las neurociencias están cerca de mostrar qué son, porqué y cómo funcionan y para qué sirven, las sensaciones y la conciencia en los seres vivos, así que, mientras eso sucede, cualquier exploración que se realice sobre ellas, será necesario referirla, por una parte, a aquello que ya está establecido y, por la otra, a los supuestos que de ello puedan deducirse. En consecuencia, el único punto de partida cierto desde el que se puede iniciar una exploración sobre las sensaciones y la conciencia, es el hecho de que los seres vivos están compuestos de materia y energía organizadas y que, por tanto, su Ser y Estar en el mundo, son el resultado de las propiedades de esa materia y energía.
Si se parte del hecho cierto de que es propiedad de la materia el reaccionar: atraer, rechazar y trasformarse y que en ese reaccionar se originan todas las propiedades y cualidades de la materia del universo, se puede decir que es en la reactividad en donde se origina la cualidad primordial del sentir como propiedad de la materia viva, entonces, se puede decir que la conciencia es sentir que se siente.
Saltando por sobre todas las manifestaciones de la materia en el universo y partiendo de la manifestación de esa materia como la materia viva que es el Homo-Humano, se puede decir que éste es una manifestación en la cual la materia se siente a sí misma, sabe que se siente y que con ese saber inventa un sentido y un nombre para ese sentir. Esa sensación es la conciencia y la acción de nominar es el consciente. El sentido de ese sentir, es ya un invento más complejo.
Permaneciendo en ese nominalismo, los nombres para las reacciones de la materia viva en el Homo-Humano, son placer y dolor y las trasformaciones son las acciones que esa materia ejecuta para mantenerse, permanecer, el “conatus” de Spinoza.
Las reacciones, la reactividad, se organizan por códigos físico-químicos1 de atracción - rechazo. Las sensaciones2 parten de esos códigos para organizarse en códigos sensoriales (qualia)3 en los que las células se especializan (por estos códigos, al igual que se hace con los lenguajes, se conservaría la memoria).
El cerebro, como tal, y el organismo, en general, se organizan y funcionan de acuerdo con esos códigos. Para empezar, la primera organización es y está determinada por el código genético, a partir del cual se desarrollan todos los demás códigos.
Todas y cada una de las células, individual o colectivamente, tienen, hacen parte y construyen esos códigos y se especializan en ellos. Las hay que son especializadas desde su generación, las hay que se irán especializando una vez son activadas por estímulos y las hay pueden cambiar de especialización. Esto se sucede por el proceso de “imprintig” y por la epigenética.
Lo anterior explica por qué el cerebro es un gran mecanismo de codificación y decodificación y todo lo que percibe y siente, lo organiza para que funcione organizado; organización que puede ser más o menos permanente, es decir, construye, mantiene, trasforma o desarrolla nuevos códigos que permanecen y evolucionan.
A partir de allí se forma la mente, que es la personalización del cerebro, porque la plasticidad del cerebro permite que la mente se personalice4, es decir, cada individuo será único, así comparta rasgos biológicos y psicológicos con los demás miembros de su especie.
Serán esos códigos los que se traducirán como imágenes y lenguajes cada vez más complejos, en la medida en la que el cerebro y el organismo se hace más complejos y con tales códigos desarrolla y construye las extensiones de sí mismo, en el espacio y el tiempo, con su propia materia y con la materia en la que habita: su Ser y Estar en el mundo (Ver: Marshall McLuhan).
La primera de esas extensiones es, sin lugar a dudas, la conciencia, es decir, la propiedad de sentir que se siente5.
De ahí en adelante, las extensiones que ha desarrollado y construido el Homo-Humano son incontables, en una historia que es la historia de su cuerpo:
Con los sentidos crea la realidad, eso que se llama Ser y Mundo, e inventa códigos para organizarlo y nombrarlo: Yo, el otro, sujetos, objetos, colores, formas, imágenes, calor, frío, sabores, sonidos, olores, espacio, tiempo, imaginación, pensamiento, lenguajes (señas, señales, signos, símbolos, códigos, números, palabras, etc.), ciencias, filosofías, artes, artefactos -concretos y abstractos, máquinas y culturas-, en fin, todas las herramientas, habidas y por haber, con las que el Homo-Humano siente y explica que él Es y Existe.

Notas

1 Sobre los códigos físico-químicos, ver: Susan Greenfield, ¡Piensa! ¿Qué significa ser humano en un mundo en cambio? Ediciones B, Barcelona, 2009, p. 36:
[...] la acción física de un neurotransmisor (…), su función real es más bien la propia de un lenguaje: un medio indirecto de comunicación. Los transmisores, como los lenguajes, son de muchos tipos distintos, y como los lenguajes encajan en una taxonomía, aunque en el caso de los transmisores ésta se basa en la identidad química, de un gas diminuto como el óxido nítrico a un gran fragmento de proteína, un péptido como el opiáceo natural de la encefalina. Pero lo más importante de todas estas artimañas bioquímicas es que la neurona es mucho más que una estación de transmisión pasiva”.
2 Sobre las sensaciones, ver Antonio Damasio, Y el cerebro creó al hombre, Destino, Barcelona, 2010.
3 Sobre los qualia, ver: Rodolfo Llinás, “I of the Vortex: From Neurons to Self”, Bradford Books, MIT Press, MA, 2001.
4 “La mente es la personalización del cerebro a través de una conectividad neuronal única, impulsada a su vez por experiencias únicas; si es así, estarán de acuerdo en que si tenemos acceso directo al cerebro, y cambiamos su configuración física, trasformaremos inevitablemente la mente”. (Susan Greenfield, ¡Piensa! ¿Qué significa ser humano en un mundo en cambio? Ediciones B, Barcelona, 2009, p. 97).
5 Ver: Ramón Román Alcalá, El enigma de la Academia de Platón. Escépticos contra dogmáticos en la Grecia Clásica, Berenice, Córdoba, 2007, nota: p. 61

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